La eliminación de los acorazados, casi todos anticuados respecto a los que tenía Japón, dejó a los Estados Unidos sin otra elección que confiar en los pocos portaaviones (tenía 6) y sus submarinos, siendo éstos la mayor parte de lo que había quedado indemne. También fueron éstos las armas con las que los Estados Unidos frenaron y revirtieron el avance japonés: solamente la acción del USS Enterprise hundió a un mayor número de naves japonesas y derribó a un mayor número de aviones que cualquiera de sus pares japoneses. La pérdida de los acorazados resultó ser realmente menos importante de lo que Japón había pensado antes del ataque y también menos relevante que lo que tanto Japón como los Estados Unidos habían pensado justo después del ataque. De hecho, el ataque japonés a Pearl Harbor dio literalmente como resultado el hundimiento del concepto del acorazado como arma principal. En efecto, el Japón tenía en sus modernísimos e impresionantes acorazados, su fortaleza: después de los Yamato, no se construyeron nunca más acorazados en todo el mundo.
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